"En cualquier caso, dicen que los billetes de a cien dólares le sirvieron para llegar desde Roma, donde había vivido gratis en casa de Arbeláez, hasta París, y para hospedarse en un hotel de mala muerte en la rue des Carmes, hacia el final del barrio latino, en los faldeos de la montaña de Santa Genoveva. Ahí compraba libros de segunda mano en pequeñas librerías que tenían sus cajas de saldos colocadas en la calle, obras de Alain Fournier, de Charles Nodier, de Marcel Schwob, incluso de Stéphane Mallarmé; veía películas antiguas en una sala de cine barata, de una estrechez extravagante, filmes de Murnau, de Von Sternberg, de Marcel Carné, sin excluir a Carlitos Chaplín, a Buster Keaton, ocasionalmente a John Ford y hasta Orson Welles, y se alimentaba en los cafés del barrio de pizzas o de baguettes con mantequilla, con uno que otro pepinillo, con una lonja de jamón cuando quería darse un verdadero lujo. Cosa curiosa, en París, en el corazón del París bohemio e intelectual, se propuso suprimir el vino, que no sabía medir y que empezaba a producirles resacas monumentales, y lo consiguió sin demasiado esfuerzo. Y una mañana, parece, descubrió que el Poeta Oficial, Nerón Neruda, caminaba por la vereda del frente, en una de las calles de subida a la Montaña de Santa Genoveva, en compañía de dos o tres acólitos, y apuró el paso, con intensas palpitaciones de su corazón, para no tener que saludarlo. Después se lo contó a un pintor chileno de apellido Moncada y se rieron mucho con la anécdota: el poeta que evitaba al otro poeta, al consagrado, al vaca sagrada, a toda costa, y hasta con riesgo de su vida, es decir, de su vida poética y biológica."La casa de Dostoievsky. Jorge Edwards. Primera edición. Editorial Planeta-Casamérica. Pág. 124.